El presente artículo nos ha sido enviado por Eduardo Bodas Muñoz
ARTICULO DE: Eduardo Bodas Muñoz El 8 de septiembre de este año, pasando las vacaciones en Looe, hermosa ciudad marinera del Sudoeste de Inglaterra, nos dirigimos al Shark Club para apuntarnos a la pesca del tiburón azul. Hay que precisar que son numerosos los sitios destinados a la pesca de este escualo, debido a la cantidad de turistas que se acercan hasta allí, en parte para satisfacer la curiosidad que provoca este tipo de pesca y, en parte, para hacer realidad el sueño de muchos pescadores que no tienen oportunidad de llevarlo a cabo en su lugar de origen. Embarcamos en el "Whistle", un barco de pesca tradicional, cuya escasa tripulación consistía en el capitán y un amiguete, que hacía las veces de ayudante. El resto, tres novatos en este tipo de pesca que, aun sabiendo cómo sujetar la caña, ignorábamos casi todo lo demás y, así, nos hallábamos expectantes ante la posibilidad de dar con el gran tiburón azul. El día se había levantado nublo, pero confiábamos en que abriría alrededor del mediodía. Navegamos durante hora y media, hasta que el capitán dio con un banco de hermosas caballas que se enganchaban, con apenas un señuelo verde o rojo en cada anzuelo, de cinco en cinco, cada vez que se echaba las cañas a la mar. Algunas iban a la cubeta, para ser llevadas en su mayor parte a la lonja, otras, a nuestros estómagos y el resto serviría de cebo a los escualos, al menos ésa era la intención. Tanto trasiego fatigaba nuestros estómagos y hubimos de reponer fuerzas con un tentempié. Yo, entre tanto, tuve la fortuna de pescar una escórpora hermosísima, que devolví sin dudarlo al mar, algunas bacaladillas y más caballas. Por fin, el rostro sereno del capitán se trocó en grave cuando empezó a disponer todo para la pesca del tiburón. En grandes sacos se metieron buenos trozos de pescado mientras que otros eran echados al mar, sacudiéndolos de vez en vez para atraerlos. Las cañas se pusieron con carnada a fondo, a unos 90 metros de profundidad. El tiempo transcurría sin alteraciones ni novedades cuando, de pronto, noté un tirón fuerte, más fuerte que los acostumbrados, pero no tanto como para tratarse de un tiburón azul. En efecto, ante nuestros asombrados ojos apareció un tiburón gato, de unos 70 centímetros de largo y una piel áspera como la lija. Los ojillos sí reflejaban el iris de un felino y había que cogerlo con cuidado para evitar un desgarre con sus dientes, pequeños pero muy afilados. Pescamos otros seis más, que devolvimos a las aguas, mientras que el gran tiburón se resistía a aparecer. Tras dos horas de espera, el patrón levó ancla y enfiló el barco de regreso a la costa. Al desembarcar nos sentíamos un poco desilusionados, pero satisfechos por la jornada de pesca vivida y así se lo hicimos saber al Capitán. Sólo
me resta decir que es una experiencia que recomiendo a quienes les guste la pesca y
busquen emociones nuevas.
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